Ayer volví a ver Amelie. Con mi hermana mayor fuimos de sorpresa a tomar mate a casa de mis papás y la llevamos porque ellos no la habían visto. La primera vez que yo la vi fue cuando estrenó. Fui sola al cine Metro, lloré entre desconocidos que me observaron salir con el maquillaje corrido y pañuelos descartables en la mano y fui hasta la avenida Córdoba para tomar el 106 hasta mi casa.
Me acuerdo perfectamente de lo que sentí al caminar esas cuadras. Había un vientito hermoso y yo sentía que quería salvar a todas las personas del mundo, vivir en una casa cálida, tener un gato y todo lo demás. Después volví a verla varias veces. Se la hice ver a mi novio de entonces, a mi hermano, a mi hermana y no recuerdo a quiénes más. Y años más tarde, mi cuñado me regaló una copia del dvd para mi cumpleaños.
Ayer volví a ver Amelie, después de unos años. Lloré de nuevo y también me reí. El detalle de mi mala memoria me ayudó a disfrutarla nuevamente como si fuese la primera vez que me empapaba en esa historia. Mucha gente me dice que Amelie es una película "muy yo", y puede ser. Lejos estoy de ser linda como Audrey Tatou, pero hay ciertas características del personaje que, considero, me caben bastante. Por ejemplo, esa manía que tiene de vivir fuera de la realidad. En un momento de la película Amelie le habla al "hombre de vidrio" sobre la chica del cuadro de Renoir (en realidad, claro, le está hablando de ella misma); le dice que quizás la chica está pensando en alguien que no está en el cuadro, y por eso tiene la mirada perdida. El hombre de vidrio, con dulzura, le contesta algo así como: "¿me estás diciendo que la chica prefiere imaginarse una situación que no está sucediendo antes que relacionarse con los que están a su alrededor?".
En fin. El hecho de que ayer fuera a cortarme radicalmente el pelo a la casa de mi hermana y decidiéramos espontáneamente ir a visitar a mis papás, y revolvieramos entre las cientos de películas que tiene mi cuñado para ver qué llevar y encontráramos Amelie y yo volviera a verla y con ella a ciertas escenas, me pareció el último guiño que necesitaba. Fue como el visto bueno de un padre a las cosas que decidí cambiar y estoy cambiando.
En otra escena, conversando en el bar Dos molinos, un personaje dice que a las mujeres no hay que darles aire porque, si les das aire, cambian de aire enseguida. No coincido con semejante afirmación, pero lo cierto es que yo hace rato que sí, tenía ganas de cambiar de aire, en muchos aspectos y, claro está, una bocanada bien fresca de vez en cuando no viene nada mal. Por eso, como esa tarde que salí del cine y caminé hasta la parada del 106 para volver a casa con ganas de, ayer volví a mi casa con ganas de, y lo hice. Entre otras cosas mayores que no voy a detallar, me miré al espejo con mi nuevo look, terminé el nuevo blog que había estado armando en la semana, escribí un par de recados para concretar los próximos días y resolví otras cuestiones más mientras esperaba a alguien. Recién ahí me identifiqué del todo con Amelie, feliz por mi fabuloso destino.